Hay momentos en la vida que llegan de una manera inesperada y nos recuerdan partes de nosotros mismos que habíamos dejado atrás.
Esta es la historia de un lugar que durante años evité, de una etapa en la que había perdido parte de mi luz y de cómo un encuentro inesperado se convirtió en una chispa que me ayudó a recordar mis sueños, mi fuerza y todo lo que todavía era capaz de crear.
A veces Dios coloca personas, lugares o momentos en nuestro camino no para cambiar quiénes somos, sino para recordarnos quién siempre hemos sido.
La chispa
No llegaste para quedarte,
llegaste para despertarme.
Cuando mis sueños dormían
bajo el peso de la costumbre,
cuando mi voz apenas susurraba
que quizá aquello era todo lo que podía ser,
apareciste como una chispa
en medio de un cielo sin estrellas.
No me regalaste el camino,
solo encendiste la primera luz.
Porque el camino lo caminé yo.
Yo elegí aprender.
Yo elegí levantarme.
Yo elegí volver a creer.
Pero necesitaba recordar
que todavía había algo grande dentro de mí.
Tal vez nunca sepas
lo que significó aquel momento.
Tal vez nunca imagines
que una presencia, una conversación
o un instante inesperado
pueden despertar una parte del alma
que parecía dormida.
No creaste mis sueños.
Esos sueños ya vivían en mí.
Solo me ayudaste a recordar
que todavía podía alcanzarlos.
Y por eso, aquel momento
siempre tendrá un lugar especial en mi historia.
El lugar que evité
Durante años
aprendí a rodear ese lugar,
sin saber que allí mismo
la vida guardaba un capítulo nuevo para mí.
Y un día, sin buscarlo,
terminé exactamente allí.
Llegué enojada.
Pensando que aquello era un error.
Pero a veces la vida nos lleva
justo al lugar donde necesitamos estar.
Era una etapa en la que ya no me reconocía.
La mujer que antes se arreglaba con ilusión,
que soñaba, creaba y construía proyectos,
había quedado escondida
bajo el peso del cansancio.
No era que hubiera dejado de ser fuerte.
Solo había olvidado mirarme.
Mis sueños seguían allí.
Mi creatividad seguía allí.
Mi fuerza seguía allí.
Esperando que yo regresara.
Y entonces ocurrió algo inesperado.
En medio de una etapa difícil,
una experiencia me recordó algo que había olvidado:
Que todavía podía sentir ilusión.
Que todavía podía aprender.
Que todavía podía construir algo grande.
Poco a poco volví.
Volví a cuidarme.
Volví a creer en mí.
Volví a crear.
Recuperé proyectos que había dejado atrás
y descubrí nuevas capacidades
que antes no imaginaba tener.
Hoy entiendo que aquel lugar
no era un lugar que debía evitar.
Era el lugar donde iba a recordar
a la mujer que siempre había sido.
Y cuando pienso en aquel día,
ya no recuerdo el enojo.
Recuerdo la chispa.
Recuerdo el momento en que la vida
me encontró justo donde yo nunca quise estar…
para devolverme a mí misma.
Reflexión final
Algunas personas, algunos lugares y algunos momentos llegan como una pequeña luz en nuestro camino.
Pero la transformación más grande ocurre cuando decidimos tomar esa luz y convertirla en nuestro propio fuego.
Si piensas que no eres capaz de cambiar recuerda que tienes el poder de cambiar la vida de los demás con algo tan sencillo.
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